—Sí. Ha dicho que entre Valcarlos y Burguete nos alcanzará.

—Bueno, pueden ustedes seguir.

Marchó la carreta de nuevo, avanzando al paso de los caballos percherones; cruzó al mediodía por delante de la Colegiata de Roncesvalles, recorrió la única calle de Burguete y, al salir de este pueblo, camino de Espinal, el hombre de las patillas entabló en francés una conversación con el carretero.

—El amo nos encarga a nosotros la tarea más difícil: el marchar a pie—dijo—; en cambio él, con el niño ese, que Dios confunda, viene en coche.

—No se queje usted, señor Frechón—replicó el carretero—; el amo le ha dicho a usted varias veces que no venga si no le gusta este viaje.

El señor Frechón calló un momento y luego exclamó de mal humor:

—Tú eres un imbécil, Claquemain.

—¿Por qué? Sepámoslo.

—Porque te dejas explotar.

—¡Bah! Me pagan lo que trabajo.