Alvarito era muy nervioso. Había vivido siempre excitado con las fantasías políticas de su padre y las ideas supersticiosas y fatídicas de la madre. Al principio, en casa de Chipiteguy, con la buena alimentación, había logrado robustecerse física y moralmente; pero aquellas malditas figuras de cera le obsesionaban y le quitaban toda tranquilidad. Constantemente se le aparecían en sus sueños.

Soñó una vez que la casa de Chipiteguy estaba encantada por un maleficio misterioso y extraño. En los subterráneos había monstruos gesticulantes, sombras hórridas que se agitaban en el silencio; en el piso alto había un hada y un viejo mago, y alrededor un ambiente de locuras y de extravagancias.

Cuando se entraba en la casa se desfallecía, hasta tal punto, que en pocos minutos se quedaba uno anémico y exangüe y al último convertido en figura de cera.

De pronto una mujer que le hablaba, y a quien conocía, aunque en el momento no sabía quién era, le revelaba susurrando el importante secreto. Para no quedar encantado en aquella casa era necesario no tocar el suelo. Era por el contacto con el suelo cómo se perdían las fuerzas. Entonces a Alvarito se le ocurría la idea de llevar una grúa de las que se levantaban en la orilla del río y colocarla cerca del Reducto, y por la cuerda descolgarse y entrar en casa de Chipiteguy.

Alvarito realizaba su proyecto con gran facilidad; bajaba por la cuerda y, balanceándose en ella, recorría la casa, sin pisar el suelo, y a todo lo que tocaba con una varita lo desencantaba al momento. De pronto comprendía que había sitios a los que no podía llegar, y entonces abandonaba la grúa y construía en un instante unos zapatos altos, de suela hueca, y comenzaba a andar por toda la casa, deslizándose con una gran facilidad; pero se encontraba una puerta cerrada y ésta era su desesperación, porque no podía desencantar a una persona oculta, por quien tenía gran interés, y, a pesar del gran interés, no sabía quién era. Todas sus tentativas eran fallidas. Al empujar la puerta cerrada e intentar abrirla perdía sus fuerzas. No sabía por qué, hasta que miraba por un ventanillo y veía una muchedumbre de figuras de cera que sujetaban la puerta por dentro.

Aquel sueño se le complicaba con otro parecido. En el segundo sueño entraba por un ancho portal, subía por una escalera y pasaba a un campanario de una iglesia, lleno de gente, con unas grandes vigas en el techo, de las que colgaban un gran número de arañas, que subían y bajaban, haciendo gimnasia en sus plateados hilos. La gente era extraña y absurda; había un hombre pequeño, moreno y de bigote negro, vestido de mujer, que braceaba mucho al andar y miraba con gran petulancia; un tipo rechoncho, con la cara tiznada de carbón, que se parecía a Claquemain, y una mujer alta, seca, esquelética, con la mirada fría, el pelo rubio y vestida de militar.

Había chiquillos en el suelo, por entre las sillas, redondos y blancos como pelotas de goma, parecidos a los del cuadro de la "Matanza de los Inocentes", del salón de casa de Chipiteguy. Entre aquella gente rara, una figura, cubierta con antifaz, le miraba a él con fijeza y le hacía estremecer.

De repente se entablaba una discusión entre dos curas delgados, pequeños y picados de viruelas, que decían algo terrible al moreno de bigote y vestido de mujer. Entonces, en lo más fuerte de la discusión, aparecía un hombre con anteojos, peluca y gabán gris, abría la boca y parecía gritar, pero Alvarito no le oía. Era el voceador el personaje de las figuras de cera del grupo de los asesinos. Alvarito se desesperaba al verle y en su desesperación se despertaba.

Muchos otros sueños le produjeron al muchacho el recuerdo de aquellas malditas figuras de cera.

Alguna vez, al pasar por las orillas del Adour, vió surgir entre el boscaje al Asesino, que se le presentaba con el brazo levantado blandiendo su puñal.