Alvarito se hallaba predispuesto a creer en espectros y en aparecidos.

Sin embargo, se decía:

—Una figura de cera no puede tener alma. Soy un visionario.

Y este pensamiento, en parte, le tranquilizaba, aunque no siempre. También pensaba que los maniquíes, los autómatas, los peleles y los muñecos tienen como un reflejo de la personalidad del que los ha hecho, y a veces hasta voz como los espantapájaros del Tonkín, que con una botella rota y una cuerda suenan y chirrían y asustan a los gorriones.

En un libro viejo, encuadernado en pergamino, que tenía Chipiteguy, un antiguo tratado de supersticiones, Alvarito leyó que los sueños son de cuatro clases: divinos, naturales, morales y diabólicos. Los sueños naturales provienen del temperamento de las personas.

Los biliosos sueñan colores amarillos, querellas, disputas, combates e incendios; los sanguíneos sueñan con azafrán, jardines, festines, danzas, amores y diversiones; los melancólicos, con humo, obscuridad, tinieblas, paseos nocturnos, espectros, cosas tristes y muertes; los pituitosos, con el mar, los ríos, las navegaciones, naufragios, objetos pesados y obstáculos para la marcha.

Alvarito, al leer esto, pensó que quizá él principalmente era pituitoso, con un poco de bilioso, otro poco de melancólico y una miaja de sanguíneo. Después comprendió que todo esto no era más que hablar y no decir nada.

Un día soñó que iba a caballo por un gran puente que avanzaba en el mar. A un lado y a otro se agitaban las olas y hervían las espumas en un verdadero caos.

Estas olas tenían a veces vagas figuras humanas y se levantaban severamente para decirle algo.

—¿Qué pasa? ¿Qué me quieren?—se preguntaba.