Las olas no llegaron a romper a hablar, y de este sueño lo único que dedujo Alvarito al pensar en tanta agua fué que él debía ser muy pituitoso.

Otra vez soñó que estaba delante de una gradería de figuras de cera, y que en medio había un dandy, con melenas y frac azul, que reproducía los rasgos del pintor amigo de Ochoa que estuvo en la barraca el día de la inauguración y que cantaba, tañendo la lira, una canción romántica.

Alvarito no oyó lo que cantaba; pero el autor, con más costumbre de comprender a las figuras de cera, sospecha que el melenudo entonaba en su lira la célebre canción de la Ceroplastia o Balada de las figuras de cera, compuesta por el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de Aschaffenburg, que dice así:


III
LA CANCIÓN DE LA CEROPLASTIA

A veces, en la callada noche solitaria, cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las chimeneas de las casas, y la luna se destaca como una nota de música en el pentágrama de los alambres del telégrafo, cuando las luces de la feria se extinguen, se oye una voz misteriosa a la puerta de las barracas de las figuras de cera, que canta sollozando:

—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.

Tus hijos, es cierto, tienen ojos y manos, y pies, como los hijos de los hombres, y trajes y sombreros y zapatos, y nadie les impide llevar calzoncillos y hasta polainas; pero tus hijos no alcanzan el aprecio de los inteligentes ni el de los estetas. No se les instala en palacios ni en museos, como a los muñecos del arte griego, a pesar de hallarse éstos descalzonados y descamisados; no se les admira; se les relega a las barracas, fuera de la ciudad, como a los atacados por una peste o a los mendigos miserables. Tus engendros, madama Ceroplastia, no han estado nunca en la pomposa rotonda, ni en la logia, ni en la columnata, ni en el pórtico en que los petulantes hijos del mármol se lucen en una postura amanerada y un poco incómoda; ni en la fuente, ni en el square; no han visto las caravanas de turistas con el Baedeker en la mano contemplándoles con una admiración contratada de antemano por la Agencia Cook; ni el grupo de feas solteronas inglesas en éxtasis mostrando sus amarillos dientes de caballo. Los hijos de la cera no conocen más elogio que el de la fregona y el del soldado. Plebeyez, todo plebeyez.

—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.