—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Y, sin embargo, sin embargo... ¡cómo nos seducías cuando éramos chicos! Si desde un punto de vista estético te pueden poner objeciones, no podrán hacer lo mismo pensando en la moral. Tus ladrones no roban, tus asesinos no matan, tus magistrados no dan sentencias injustas, tus generales son modestos y silenciosos. ¿Se debe pedir algo más? Los hijos de la cera pueden decir: ¿Por qué tal desprecio? ¿No copiamos el dermato-esqueleto del hombre con su vestimenta apropiada? Si no podemos representar el interior de las gentes, ¿qué es esta impotencia sino un acierto? ¿Hay algo más tortuoso, más negro, más enrevesado, más lleno de telarañas que esos cuartos interiores del espíritu humano, sin ventilación y sin luz?
Dejad que el asesino sea un brazo con un puñal que se levanta en el aire; dejad que el magistrado o el profesor sea una bola en forma de cabeza o de calabaza, con un birrete con pompón; dejad que el general no pase de ser una estaca con un hermoso tricornio, con su plumero, y saldréis ganando... ¿Para qué más? Los cultos no se convencen. Viven en plena rutina estética, duermen en compañía del lugar común. Piensan en la Venus de Milo y en el Apolo de Belvedere, en el Moisés de Miguel Angel y en el condottiero de Donatello, y hasta el nombre de Ceroplastia, ¡oh dolor!, les parece ridículo. Amaneramiento, todo amaneramiento. Vanidad, todo vanidad.
—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Esta es la voz misteriosa que en la callada noche solitaria se escucha a la puerta de las barracas de las figuras de cera, cuando las luces de la feria se extinguen, cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las chimeneas de las casas y la luna se destaca como una nota de música en el pentágrama de los alambres del telégrafo.
IV
UN PROYECTO
Manasés León, el judío del barrio de Saint Esprit, negociante en pequeño, era un judío pintoresco; la nariz corva, el labio inferior grueso, los ojos brillantes, detrás de unas antiparras que le daban aire de búho; el pelo lleno de rizos, el vientre abultado y los pies fenomenales y defectuosos. Vestía Manasés siempre un poco desastrado y hablaba de una manera suave e insinuante.