Manasés, muy amigo de Chipiteguy, había hecho con él varios negocios.
Un día, Manasés León, que estaba en la tienda de Chipiteguy, en vez de salir a la calle, entró hacia el almacén y dijo:
—Amigo Dollfus, tengo que hablar con usted.
—Usted dirá, Manasés.
—Tengo una noticia que yo no sé si la podríamos aprovechar.
—Vamos a ver la noticia.
—Parece que unos de los capitanes generales de Navarra mandó recoger hace meses muchas cruces y custodias de plata de las iglesias de la provincia, abandonadas por los curas, y llevarlas a Pamplona. El capitán general anterior a éste tomó la determinación de meter todos los objetos de plata en barricas y de guardarlos en un sótano de la ciudad. Se quería traerlos a Francia y venderlos. El capitán general actual ignora, según dicen, que haya este depósito y los únicos que saben dónde está son el cónsul de España, don Agustín Fernández de Gamboa, y el posadero de la calle de los Vascos, Ignacio Iturri.
—¿Y usted cómo sabe eso, Manasés?
—Porque me lo ha dicho Gamboa.
—¿Y para qué se lo ha dicho a usted?