—Pues, sencillamente, por si yo encontraba alguien que se encargara de traer esos objetos hasta aquí. A un cristiano quizá no se hubiera atrevido a hacer la proposición; pero ya sabe que soy hebreo.
—¿Así que él quiere traer esos objetos a Bayona?
—Sí, eso pretende. La casa donde se guardan las barricas, llenas de cosas de oro y de plata, es de un conocido de Gamboa, y por lo que me he enterado, las barricas están a nombre de Iturri, que otra vez quiso traerlas a Francia, pero que no se atrevió.
—¿Y a usted qué se le ha ocurrido?—preguntó Chipiteguy.
—A mí se me ha ocurrido que podíamos enviar alguno de nuestros chatarreros a Pamplona con un carro a ver si le entregaban las barricas y las traía aquí.
—¡Qué ilusión!
—¿Le parece a usted?
—Claro. Así, tan fácilmente, eso es imposible. ¿Usted piensa que en un país en guerra van a dejar pasar un carro con barricas sin reconocer lo que va dentro?
—Sí, es verdad.
—De intentar esta aventura habría que traer ese tesoro de otra manera; tendría que ir a Pamplona uno mismo.