—¡Ir a España!—exclamó Manasés—. No, no; de ninguna manera. A mí no me pescan los carlistas de España. ¡Ca! Si desean entenderse conmigo, que vengan a mi tienda de Saint Esprit y les venderé lo que quieran.
Manasés pensaba que llegar a España y ser desollado vivo como un perro judío sería cosa inmediata.
—Pues, amigo Manasés—dijo Chipiteguy—, despídase usted del proyecto, porque si cree usted que un carretero cualquiera le va a traer a usted esas barricas hasta aquí desde Pamplona, sin que nadie las vea y las registre, cree usted una tontería; y si piensa usted que si le dice usted al carretero a lo que va, después de pasar grandes peligros él, le va a traer las barricas a usted, para que usted se quede con ellas, pues piensa usted una candidez.
—Estoy convencido, Chipiteguy—murmuró Manasés—, hasta el punto de que no quiero ocuparme más del asunto. ¡Ir a España! No, nunca.
—Pues yo quizá intente ver qué hay en eso. ¿Cuántas barricas habrá?
—No sé. Hablan como si hubiera cuatro o cinco.
—Para traer eso había que ponerse de acuerdo con el cónsul Gamboa—dijo Chipiteguy.
—Y quizá también con el posadero Iturri.
—¿Y valdrán mucho esas cosas de iglesia?
—Parece que sí—contestó el judío—. Son varias arrobas de plata. Gamboa supone que debe haber además oro y piedras preciosas.