—Hala, Manasés, vamos los dos—dijo Chipiteguy—; nos repartiremos el botín. Veremos lo que pueden hacer juntos dos viejos traperos, un judío de origen español y un ateo alsaciano.

—No, no. Yo no voy. Si usted es tan loco para ir allí, váyase. Yo no voy.

Chipiteguy dió muchas vueltas en la cabeza a la noticia de Manasés, y, después de pensarlo despacio, habló con don Eugenio de Aviraneta.

A Chipiteguy se le había ocurrido la idea de ir a Pamplona en un carro con sus figuras de cera y volver, si la cosa era posible, trayendo algunas o todas las barricas con la plata recogida de las iglesias navarras.

—No le aconsejo a usted que lo haga—le dijo Aviraneta.

—¿Por qué?

—Porque es peligroso.

—¿Qué es lo que no es peligroso?

—Está bien; pero usted no tiene necesidad de eso.

—Usted no tiene tampoco necesidad de andar por aquí intrigando.