Chipiteguy era terco y estaba decidido; le tentaba la aventura. Fué al consulado de España a visitar a Gamboa; le dijo lo que le había contado Manasés y lo que quería hacer.
—¿Y usted mismo piensa ir?—le preguntó Gamboa.
—Sí; si se gana lo suficiente, yo mismo intentaré traer las barricas aquí.
—Yo no sé lo que vale eso—replicó Gamboa—. Si la empresa sale bien y trae aquí esa plata, le pagaremos los gastos que usted haya hecho y el veinte por ciento de la venta. Si sale mal y no puede usted traer esas barricas, le abonaremos sólo los gastos. ¿Le parece a usted bien?
—Sí; no me parece mal.
—¿De manera que se decide usted?
—Sí, me decido. Iré y probaré fortuna. Entrar en España no es difícil; lo difícil es salir, sobre todo trayendo las cruces y las custodias.
—Si quiere usted le daré la orden para que le entreguen esas barricas. Aquí está su descripción y su numeración. Se hallan puestas a nombre de Iturri, un posadero de Bayona.
—Sí; le conozco.
Gamboa le entregó los papeles y una orden reservada y sin firma para el amo de la casa de la calle Nueva de Pamplona, donde estaban guardadas las barricas.