Chipiteguy se puso a estudiar el asunto. Toda la frontera española, desde Fuenterrabia hasta más allá de Roncesvalles, estaba ocupada por los carlistas, excepto el puente de Behovia. Los chatarreros que entraban en Navarra solían pasar por el campo carlista, en el que tenían conocimientos. Había que encontrar algunas influencias entre los partidarios de don Carlos para que no pusieran dificultades al paso de un carro con las figuras de cera, cosa que no le había de ser difícil.

Chipiteguy alquiló una carreta de cuatro ruedas y dos caballos normandos y dispuso llevar sus mejores figuras de cera para las ferias de San Fermín.

Claquemain y Frechón irían en la galera y Alvarito y él en un carricoche.

Claquemain había hecho el viaje varias veces; Frechón, aunque se enterara de lo que se trataba, no se escandalizaría, porque era anticlerical furioso, y, si exigía algo, se le taparía la boca dándole dinero.

Los preparativos se hicieron a la chita callando. Chipiteguy dijo a Alvarito cómo tenían que ir a Pamplona.

—¿Pero hay ferias durante la guerra en Pamplona?—preguntó el muchacho.

—No, ferias importantes no hay; pero van algunos pocos comerciantes, sobre todo franceses, y ganan muy bien, porque no hay competencia.

—¿Y se podrá pasar?—preguntó Alvarito.

—En eso estamos ya unos cuantos, en tratos con carlistas y liberales. Los carlistas dejarán pasar los carros si paga cada uno unas pesetas; luego, cuando no acerquemos a un pueblo del camino, Zubiri o Larrasoaña, nos uniremos a una compañía franca y con ella entraremos en Pamplona.

Se cargó la galera, se preparó un cochecito y un día Chipiteguy dijo en su casa que a la mañana siguiente se marchaba a Pamplona a pasar unos días.