Había un campaneo vertiginoso en todas las torres de la ciudad en honor del santo patrón.

Las campanas de San Saturnino contestaban a las de la Catedral, las de San Nicolás a las de San Saturnino, las de San Lorenzo a las de San Nicolás. Las unas hacían ese tán tán triste, pesado y agobiador; las otras, el tilín talán clásico de las dos campanas echadas al vuelo, que tan bien indica el carácter de los pueblos españoles levíticos con curas y con beatas; no faltaba el tín tín agudo del esquilón del convento de monjas.

¡Qué sugestivo! ¡Qué romántico este continuo y melancólico tañer! ¡Cómo se recuerda la infancia, la tristeza de la vida! ¡El toque de oración, el del Angelus, el de la Agonía, el de la misa, el de los funerales! ¡Cómo sale a flote ese fondo doloroso de la existencia! ¡Qué poético ese son de las campanas! Pero qué bien el estar en sitio bastante lejano para no poderlas oír.

En aquella mañana ardorosa de julio el alboroto de las campanas parecía disolverse en el campo, agostado y desierto, inundado por el sol, y en la inmensidad del cielo azul.

Chipiteguy y su gente habían llegado a Pamplona a fines de junio de 1838. En una semana construyeron la barraca, que quedó alineada con otras ocho o diez del paseo de la Taconera.

La mayoría de las figuras de Chipiteguy se habían convertido en asesinos célebres. Los generales y guerrilleros españoles habían dejado de ser Mina, Zurbano y Zumalacárregui, para tomar un nuevo avatar.

En Pamplona había con seguridad gente que había conocido personalmente a estos guerrilleros y era peligroso darlos mixtificados, porque podía comprobarse la mixtificación.

Se abrió la barraca y cada uno de los compañeros de Chipiteguy tuvo un papel. Alvarito, vestido de pierrot, daba al bombo y a los platillos; Frechón voceaba, delante de la barraca, con acento francés.

—Aquí vegán ustedes, señoges, los hombres más sélebres de todo el mundo: los asesinos más famosos y los militages más notables.

En el interior, Chipiteguy mostraba las figuras con un puntero y daba explicaciones: Claquemain cuidaba de los caballos y hacía la comida dentro de la galera.