Alvarito, muchas veces, mientras tocaba el bombo y los platillos, pensaba:
—¿Qué dirían mis antepasados, los Sánchez de Mendoza, si me vieran en este oficio?
Las gentes que entraban en la barraca tenían la petulancia y la impertinencia del provinciano que desprecia al histrión callejero y trashumante y hacían observaciones que querían ser malévolas y sangrientas.
Algunos mozos, más atrevidos, se sentían inclinados a romper, a pinchar, a hacer alguna mal intencionada fechoría.
Frechón, que a pesar de su irritabilidad habitual no se molestaba con el desdén de la multitud, hacía observaciones misantrópicas apaciblemente:
—Si a la mayoría de las poblaciones se les pudiese considerar como ganado y tratarlas en tal concepto, la sociedad mejoraría mucho.
—Hay que empezar siendo Napoleón para eso—replicaba Chipiteguy.
Alvarito hacía como que no se enteraba de los comentarios de la gente y hablaba en francés. En este contacto entre el público y los hombres de la feria, él se ponía del lado de los últimos. A Alvarito le iba naciendo un fondo de antipatía por el señorío, que le miraba a él con desprecio.
Los suyos empezaban a ser, no como para su padre los aristócratas, los señores serios, el presidente de la Audiencia, el director del Instituto, el coronel, los buenos cornudos respetables, militares y civiles de cara grave y seria, como tallada en piedra berroqueña, llenos de distinciones y de majestad, sino los histriones y titiriteros de la feria.
Para guardar la barraca de las figuras de cera solían dormir en ella, alternando dos a dos, unas noches Chipiteguy y Alvarito, otras Frechón y Claquemain. Los demás días iban a una casa de la calle del Carmen, donde Chipiteguy tenía alojamiento.