A Alvarito le producía una impresión muy penosa el echarse a dormir delante de aquellas figuras de cera, que a la luz de una candileja aparecían más horribles y amenazadoras que nunca. Estos monstruos de cera, esta guardia negra de espectros vivían, para Alvarito, una vida siniestra, si no en el período de vigilia, en el del sueño. Entonces, entre las sombras del cerebro, se animaban y tomaban una expresión repugnante y odiosa; las caras, con sus ojos de cristal, sus pelucas y sus barbas postizas, se erguían agresivas y gesticulaban y tenían un aire de rencor y de venganza.

Los rostros verdaderos de los más bárbaros envenenadores y asesinos no le hubieran parecido tan feroces y horribles como aquellos. Alvarito pudo notar que este efecto de repulsión de las figuras de cera no era el único que lo experimentaba, pues a veces, entre el público, se veía algún chico que empezaba a berrear y a patear de miedo y la madre tenía que sacarlo fuera.

—Sin duda, yo soy también infantil—se decía el muchacho.

Pronto los hombres de la barraca de Chipiteguy se hicieron amigos de sus vecinos. Después de cenar y concluir el trabajo solían venir a hacer tertulia detrás de la barraca de Chipiteguy, donde habían colocado la galera, muchos de los industriales de la feria. Era la aristocracia de las barracas. La mujer cañón, madama Lalande, con su marido Raul Culot; el vendedor de la manteca de serpiente cascabel, míster Cavendish, que era escocés, y llevaba polainas amarillas; el de los frascos de vulneraria suiza para las heridas, Onofrius Müller, que era del Tirol; el físico del pueblo francés, monsieur Bazin; el vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, inglés, y el marino que anunciaba el aceite virgen de Macassar, para el pelo, que era bretón, y se llamaba, según él, Gontran Montdidier, Penhoel de Montbrisson.

De estos personajes, la mayoría vestían como todo el mundo, excepto monsieur Bazin, el físico del pueblo francés, que llevaba frac y melenas; Onofrius Müller que gastaba una librea roja con galones y tricornio, míster Clarck y monsieur Montdidier.

Este vestía de marino, con grandes melenas, y tenía tres retratos suyos, pintados al óleo, casi tan agradables como las figuras de cera de Chipiteguy, y que constituían un verdadero e interesante tríptico, que le servía de reclamo. El primero se intitulaba: "Antes del tratamiento", y se veía al señor Gontran Montdidier Penhoel de Montbrisson, calvo, como una bala rasa; el segundo se llamaba: "Durante el tratamiento", y el marino lucía un pelo corriente, ya bastante largo, aunque con algunas calvas; el tercer cuadro era: "Después del tratamiento", y entonces el pelo del señor Montdidier era una inundación capilar.

Clarck, el inglés vendedor de lápices, iba en un coche. Se vestía con una túnica azul, con estrellas de plata; cubría su cabeza con un casco con plumas y hablaba desde el pescante. El señor Clarck hacía las puntas a los lápices con una navaja de a dos palmos de larga y otras veces con un sable de caballería. Al parecer, este recurso tenía éxito.

Su criado, Tom Phips, hombre con cara de perro malhumorado, llevaba también casco y solía tocar en lo alto del coche, para llamar al público, una trompa de caza, y en los intermedios, una caja de música.

Onofrius Müller era pequeño, grueso, melenudo, sonrosado, y peroraba en un castellano bastante correcto:

Señoges y señogas—decía, subido en un banco—: Tengo el honog de anunciag la verdadega vulnegagia o té suizo. Vuestro humilde servidog es un químico que ha podido estudiag los efectos de la vulnegagia. La vulnegagia, señoges, tiene la virtud de pugificad la masa de la sangre, de haceg transpirag por los sudoges y por las oginas, de quitag las ictegicias, las hidropesías, la gota y el roimatismo; de expulsag la solitagia y las lombrices, de dag fuerza al pulmón y al hígado y de evitag las fiebres palúdicas intermitentes y remitentes. Un frasco de vulnegagia, señoges, cuesta en todas las farmacias dos pesetas; yo, en obsequio de esta ciudad ilustre, los vendo por dos geales.