Otro tenía la rueda de la fortuna o la reolina, como la llamaba él, que era una rueda como la del barquillero, en la que se jugaba por dos cuartos, y podía tocar un abanico, un caramelo, cacahueses, una peseta y hasta un conejo vivo.
Alvarito hizo varios conocimientos, más o menos distinguidos. Conoció al gigante Goliath y al enano Jimmy, que se exhibían en una barraca. El gigante Goliath era triste, apático y aprensivo; en cambio, el enano Jimmy era alegre, impetuoso y francamente optimista. A Goliath le asustaba la soledad y la noche; en cambio, a Jimmy, malicioso, burlón y atrevido, no le asustaba nada.
Otro amigo de Alvarito fué el dueño de un tiro al blanco y de un pim, pam, pum. Este hombre era un francés rubio, de gran bigote, llamado Cazenave, y tenía una hija de catorce a quince años, que era la encargada de cargar las escopetas para tirar al blanco. Cazenave y la señorita Atala se hicieron amigos de Alvarito.
Cazenave había sido antes titiritero; pero había perdido facultades y estaba un poco derrengado. La chica tenía la especialidad de bailar en la cuerda floja y de deslizarse por un alambre, agarrándose con los dientes a un cuero con una anilla. La señorita Atala era rubia, tirando a rojo; tenía los ojos claros, la cara cuadrada, con los pómulos salientes, y el ademán decidido. Era de San Juan de Luz y tenía aire de cascarota.
Durante el día la gente no acudía mucho a la feria; si iban era más bien a los puestos de juguetes y baratijas, y algunos a la cuatropea, o feria de ganados; pero cuando obscurecía y se cerraban las puertas de la ciudad comenzaba la animación. Las luces de las barracas se encendían, sonaban las campanillas, el tambor, el bombo y el cornetín de pistón. ¿Quién decía que había miseria, guerra y calamidades? No había más que alegría, ruido, luces, voces, organillos, tíosvivos que iban dando vueltas y pim... pam... pum...
En la Taconera había paseo y solía tocar la música militar. Se veían muchachas elegantes, con su mantilla, muy coquetas, de ojos negros, jugando con el abanico y con la mirada, al lado de currutacos que las acompañaban y de militares que arrastraban el sable y lucían el uniforme.
Algunos, con bigotes a lo Diego León y con melenas, se hacían los interesantes y tomaban actitudes melancólicas y románticas.
Al parecer, los militares tenían buenas fortunas entre las damas de Pamplona. El peligro hacía que las lides de amor tuvieran desenlace más rápido.
Las gentes se acercaban al mirador de la Taconera a contemplar la noche profunda y llena de estrellas, y veían en los pueblos hogueras y luces de los carlistas o de las compañías francas que recorrían aquellos pueblos. Así la fiesta era más agradable, porque en medio de la sombra peligrosa e incierta que circundaba la ciudad se tenía la impresión de estar en tierra firme, segura y con luz.
A los ocho días de llegar a Pamplona, Chipiteguy le dijo a Alvarito que creía que el público se había cansado de las figuras de cera.