En aquel exiguo grupo de titiriteros y saltimbanquis hubo durante la feria de Pamplona algunas pequeñas complicaciones.
El señor Montdidier Penhoel de Montbrisson tenía una mujer muy guapa y estaba celoso de ella. Madama Montdidier era una bordelesa morena, guapa, de ojos negros, un poco mujerona, un poco coqueta y oía sin inconveniente a los que la galanteaban.
El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, y el vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, hombres de corazón volcánico, se enamoraron los dos de la bella madama.
El señor Bazin, el físico del pueblo francés, reunía más recursos que el señor Clarck; tenía primeramente un frac azul con botones dorados y en su barraca, el Palacio de las Maravillas, una porción de cosas misteriosas: botellas de Leyden, pilas de Volta, una máquina neumática, etc., etc. Además, hacía en su laboratorio el trueno, el rayo y el granizo. El señor Clarck no tenía más que su cota de malla, su casco y el sable para hacer punta a los lápices.
Madama Montdidier se sentía inclinada a escuchar al físico del pueblo francés con curiosidad; pero míster Clarck, celoso del éxito de su rival, se lo comunicó al marido. Montdidier se indignó al conocer la simpatía de su esposa por aquel farsante, que pretendía hacer los rayos y el granizo en la barraca, e increpó al físico del pueblo francés agriamente.
El físico contestó con arrogancia, y Montdidier llamó a Cazenave para que arreglara el asunto.
Cazenave decidió que lo mejor sería que el físico y el marido se dieran unas buenas morradas en la Vuelta del Castillo; pero, para pegarse, Montdidier tenía la desventaja de llevar los pelos largos y, por otro lado, no se le podía indicar que se los cortara, porque era cortarle la alimentación.
En vista de estas consideraciones, se dió por terminado el asunto y el físico no se volvió a acercar al matrimonio Montdidier.
Mientras Alvarito vivía en la calle del Carmen iluminando estampas, Chipiteguy intentaba realizar sus proyectos.
Primeramente fué con la carta de Gamboa al almacén de trigo de la calle Nueva y vió las barricas. Eran cinco, bastante grandes. El encargado del almacén dijo que le hacían un favor si las quitaban de allí. Podían llevarlas cuando quisieran. La cosa no era fácil. Chipiteguy hizo una prueba con un barril para ver si podía llevarle a la feria sin dificultad.