A cada paso patrullas liberales y carlistas les detenían y les pedían los documentos.
Claquemain conocía gente en el camino; tenía mucho dinero, que le había dado Chipiteguy, y la marcha no ofrecía dificultades. A veces sucedía que Claquemain estaba borracho y había que esperar a que se le pasara su borrachera. El hombre se manifestaba siempre malhumorado, y hacía todo lo posible para amargar la vida a Alvarito.
VI
LA VUELTA
A los cuatro días de salir de Pamplona llegaron Claquemain y Alvaro a San Sebastián; fueron a parar a una posada de la Brecha, y poco después apareció Chipiteguy en su cochecito.
Chipiteguy hizo diferentes gestiones para llevar su chatarra a Francia y decidió embarcarla en un pailebot con las figuras de cera y enviar a Claquemain por Irún con la galera vacía.
Chipiteguy y Alvarito fueron en el pailebot. Alvarito no se había embarcado nunca y tenía gran curiosidad por el mar.
Al salir de San Sebastián fué contemplando con gran atención las rocas de detrás del Castillo de la Mota, festoneadas por la espuma; luego la abertura de la Zurriola y los acantilados del monte Ulía, la entrada estrecha de Pasajes y las capas de areniscas estratificadas como hojas de un libro del Jaizquibel.
—No mires demasiado. No vayas a marearte—le dijo Chipiteguy.