Efectivamente, al último, Alvarito se mareó y tuvo que tumbarse.
Las figuras de cera le inquietaron. Dos o tres generales se movieron y se lanzaron hacia adelante como si fueran al asalto o a ganar un entorchado, y una de las damas se dió un golpe y se hizo una rajadura en la cabeza.
Al pasar la barra del Adour y al cesar el balanceo del barco, a Alvarito se le quitó el mareo.
Al acercarse a la colina de Blancpignon, el muchacho vió a Chipiteguy que con aire de triunfo cantaba a voz en grito su canción de bravura:
Atera atera
trapua salzera
eta burni zarra
champonian.
Sin duda, Chipiteguy estaba contento de la expedición. Atracaron en Bayona, en el muelle de las Avenidas Marinas y fueron el viejo y el muchacho a la casa del Reducto.
Unos días después se volvió a abrir la barraca en la plaza de la Puerta de España con las figuras de cera. La chatarra fué la que no apareció, al menos públicamente. El tesoro de la calle Nueva se había evaporado. Una sensación de sorpresa le quedó a Alvarito de este viaje; todo había tenido en él un aire un poco absurdo...