—Ya sé que en este viaje—le dijo mirando al suelo—se trata de algo más que de exhibir figuras de cera.
—Usted, ¿qué es lo que sabe?—le preguntó el viejo, escamado.
—Sé lo que ha hablado usted con el judío Manasés y sé también que ha ido usted a visitar al cónsul de España.
—¿Es usted brujo, Frechón?
—Por lo menos, sé escuchar y no soy tonto. En mí puede usted tener un amigo o un enemigo. Si lo quiere usted todo para usted, seré enemigo...; si no, ya nos entenderemos.
Chipiteguy a regañadientes reconoció que efectivamente iba a Pamplona a recoger las custodias y las cruces de oro y de plata metidas en barricas y ver la manera de llevarlas a Bayona. Le dijo que si el negocio salía bien le daría parte en las ganancias.
—¿Cuánto piensa usted darme?—preguntó Frechón, mirándole de través.
—Le daré el diez por ciento de lo que gane. A mí me dan el veinte.
—Es una estupidez—murmuró Frechón.
—¿Qué es una estupidez?—preguntó Chipiteguy.