—Es una estupidez que se contente usted con el veinte por ciento, porque si el negocio sale bien podemos quedarnos con todo.

Chipiteguy contempló atentamente a Frechón y no dijo nada en contra. Lo único que hizo fué elogiarle por su perspicacia.

Pocos días después el viejo explicó a Frechón y a Claquemain lo que proyectaba hacer. A Alvarito no le dijo nada, porque pensaba que el joven aristócrata español, que iba a misa todos los domingos, se escandalizaría si supieran que querían llevarse los cachivaches y las alhajas de las iglesias para venderlos en Francia.

A Frechón y a Claquemain no les hacía esta idea ninguna mella.

Vaciaron las barricas en el almacén de la calle Nueva y fueron llevando los objetos del culto en sacos a la barraca de las figuras de cera. Eran cálices, lámparas, candelabros, incensarios, cruces, relicarios.

Allí, en la barraca, a la luz de una candileja, se amontonó el tesoro de la calle Nueva; se arrancaron las piedras preciosas de los cálices y de las cruces procesionales y envueltas en papeles las fueron metiendo en las cabezas de las figuras de cera.

Desarmaron las cruces, machacaron el oro y las barras de plata, las retorcieron y las pintaron de negro y de rojo.

—Creo que no encontraremos ningún químico que analice esta chatarra—dijo Chipiteguy, riendo.

—Me parece que no—replicó Frechón—. Y ahora, ¿qué proyecto tiene usted?

—Ahora—contestó Chipiteguy—, yo me voy a Arneguy y a San Pie de Puerto para que en la aduana no nos pongan dificultades; usted se va a Valcarlos y espera allí, unta usted a los carlistas y mañana sale la galera con Claquemain y con Alvarito.