—Bueno—dijo Frechón—, déjeme usted dinero.
Chipiteguy le dió cien duros.
—Prepare usted de manera aquello que a nadie se le ocurra mirar lo que va en los carros—encargó el viejo.
—Lo haré.
—¡Ah!, y guarde estas piedras en los bolsillos; yo también pienso llevar algunas. Por si acaso nos quitan el carro, que no lo perdamos todo.
Chipiteguy dió unas cuantas piedras, esmeraldas y topacios, que Frechón guardó ávidamente.
Salieron Chipiteguy y Frechón de Pamplona. Al día siguiente apareció Chipiteguy en la ciudad y dió nueva orden. La galera tenía que ir a San Sebastián.
Frechón esperó impaciente en Valcarlos; recorrió el camino de Pamplona hasta que se convenció de que el viejo le había engañado.
Chipiteguy, desde San Sebastián, vaciló en ir por tierra o por mar.
En aquella época las fuerzas del general Jáuregui iban con frecuencia de San Sebastián a Irún.