—Me la ha jugado este cochino viejo—murmuró Frechón—. El se va a quedar con todo.
El caso era que el tesoro de la calle Nueva había desaparecido. Chipiteguy lo había, sin duda, escamoteado.
Frechón disimuló su rabia y siguió trabajando en casa del trapero.
Unos días después escribió una carta al cónsul de España y le pidió audiencia.
Frechón se sentía defraudado por Chipiteguy y tanto como por el dinero lo sentía por su amor propio de hombre listo, de quien se habían burlado.
—El viejo Chipiteguy no se marchará sin que yo le eche el alto. Ya caerá. Frechón no es tonto.
Frechón fué a visitar al fondista Iturri, y después a Aviraneta, a quien contó con detalles el asunto de las cruces y custodias de Pamplona. Aviraneta conocía parte de lo ocurrido y escuchó a Frechón con gran interés.
Frechón se exaltaba, se ponía frenético, pensando en el chasco que le habían dado. En casa de Chipiteguy seguía a todo el mundo con una mirada furiosa.
Unos días después recibió contestación del cónsul, fijándole hora para recibirle.
El señor Gamboa acogió a Frechón muy fríamente; escuchó con indiferencia su relato y dijo después: