—Sí las había. ¡Ya lo creo!
—¿Con piedras preciosas?
—Con piedras preciosas de todas clases.
Buenas y falsas, se debió decir Frechón en su fuero interno.
—¿Y qué han hecho ustedes con ellas?
—Llevamos todo lo que tenían dentro las barricas a donde estaban las figuras de cera. Allí desarmamos las cruces y las custodias, les quitamos las piedras; éstas, en su mayoría, las metimos en las cabezas de las figuras de cera, machacamos el oro y a las cruces de plata las pintamos de negro para hacerlas pasar como si fueran de hierro. Después Chipiteguy me dijo que le esperara en Valcarlos para arreglar la salida de España y la entrada en Francia, y, mientras yo le esperaba, él mandó llevar el cargamento a San Sebastián y de aquí lo embarcó para Bayona.
—¿Y aquí lo tiene?
—Sí, señor.
—¿En dónde lo guarda?
—Probablemente en la cueva de su casa.