—Es decir, que se la ha jugado a usted.
—Y a usted también—replicó Frechón, a quien molestaba profundamente estar ante alguien en situación de inferioridad.
—A mí, no—contestó Gamboa—. Este es un asunto que no me interesa.
—¡Bah!—replicó Frechón con impertinencia.
—Créalo usted o no lo crea, me es igual; pero me choca que sea usted tan cándido para pensar que yo he intervenido en ese asunto de melodrama.
Frechón salió furioso del Consulado y Gamboa no quedó muy contento.
Unos días después el cónsul de España mandó llamar a Chipiteguy y le interrogó acerca de las cruces y custodias traídas de Pamplona.
Chipiteguy dijo que había visto al gobernador de Navarra y éste le había dado orden de que guardara aquellas joyas en su casa, y que mandaría un delegado del Gobierno español para incautarse de ellas y luego venderlas.
Gamboa se incomodó y dijo con furia:
—Lo que usted quiere es quedarse con esa riqueza.