—Es lo que me parece que ha pretendido usted siempre—replicó el trapero del Reducto.

Aviraneta supo por los escribientes del Consulado que los gritos de Gamboa se habían oído en la Plaza de Armas.

En la discusión apasionada que tuvieron el cónsul y el chatarrero llegó a verse claramente que, tanto el uno como el otro, lo que ansiaban era quedarse con el oro, la plata y las piedras preciosas de las cruces y de las custodias.

Quizá Gamboa pensó denunciar a Chipiteguy a la Policía; pero ¿cómo legitimar su intervención? Pensando fríamente decidió no hacer nada y olvidar aquel mal negocio.


IX
DESPUÉS DE LA AVENTURA

Chipiteguy, como el Euclión de la Aulularia de Plauto, iba camino de ser desgraciado, a causa del tesoro de la calle Nueva.

¿Dónde lo tenía? ¿Dónde guardaba sus riquezas, traídas de Pamplona? Indudablemente, la plata, el oro y las piedras preciosas los había escondido en la cueva.

A veces, como un ladrón, pero temblando al mismo tiempo de alegría, con una mirada triunfante, bajaba a la cueva y se pasaba allí dos o tres horas, probablemente, contemplando el tesoro. Cuando le veía a Frechón sonreía con malicia; sonrisa que a su dependiente le hacía temblar de furia y sólo a Manón y a Alvarito les acogía con gusto.