—El viejo Chipiteguy todavía es capaz de muchas cosas—repetía con jactancia—. Ya lo decía mi viejo amigo Julius Petrus Guzenhausen de Aschaffenburg: Dollfus es un marrajo de mucho cuidado.
El trapero del Reducto, tras de su famosa excursión a Pamplona, había cambiado mucho, vivía con más preocupaciones. Desde el viaje tenía gran desconfianza; miraba a la gente con suspicacia, no le gustaba que los chatarreros pasaran al patio de su casa, ni que los albañiles de las obras próximas se asomaran al tejado. Comprobaba él mismo, al anochecer, si estaban bien cerradas las puertas y ventanas y recorría la casa de arriba abajo.
La andre Mari y la Tomascha pensaban que éstas eran manías del viejo.
Chipiteguy afirmó varias veces que vivían en un abandono exagerado y sin vigilancia alguna, sobre todo de noche, y trajo un mastín para guardar la casa.
A lo último se le ocurrió hacer todas las noches una ronda, medio en serio, medio en broma. Manón tomaba un farol grande; Chipiteguy, Quintín y Alvarito se armaban cada uno con una pistola y registraban la casa, desde las guardillas hasta la cueva.
—No le digáis lo que hacemos a Frechón—recomendaba el viejo a Quintín y a Alvarito.
—No, no tenga usted cuidado.
—Cuando llegue el momento me acordaré de vosotros, porque sois fieles. Estad seguros.
Estos registros, el andar de noche en los cuartos, influía en Alvarito, excitando su imaginación.
Sobre todo, para él, era muy desagradable el entrar en la cueva y ver el grupo de asesinos en pie, envueltos en sus telas de sacos, con un aire de fantasmas astrosos.