Chipiteguy estuvo dos veces en Burdeos y le llevó con él a Alvarito.
No le dijo a qué iba, pero Alvaro le oyó hablar dos o tres veces de joyeros y tasadores de piedras preciosas.
Chipiteguy le presentó a algunos de sus amigos comerciantes y le mostró la ciudad.
—Cuando vayas a España—le decía el viejo—podrás comparar aquello con esto.
En el fondo de esta frase había malicia, porque aunque Chipiteguy no tenía mala idea de España, como Frechón, tampoco la tenía muy buena.
Fué también Alvarito, en compañía de un carlista, a visitar a la familia de Maroto, que vivía en una casa de campo de las proximidades de Burdeos. Las dos hijas del general, nacidas en el Perú, habían sido educadas en un colegio de Granada. La pequeña, sobre todo, era muy melancólica y muy bonita, y recordaba con nostalgia el huerto del colegio granadino. Alvarito habló con ellas mucho y hasta les escribió varias veces después desde Bayona.
El día antes de salir de Burdeos, Chipiteguy le llevó a Alvarito a una gran instalación de figuras de cera que había en Burdeos.
—Esto es una cosa distinta a nuestra barraca—dijo Chipiteguy riendo—; quizá no es tan completo como el gabinete de madama Tussaud, de Londres, pero está muy bien.
Se bajaba por una rampa obscura a un subterráneo, hasta que se llegaba a un salón con varias figuras de cera vestidas a la moderna. De este salón partían galerías, también obscuras, que desembocaban en salones o cuevas, con juegos de luces extraños. Los personajes eran casi los mismos que había visto Alvaro en la cueva de Chipiteguy, pero más perfilados y bien vestidos. La gente del público iba y venía, hablando bajo, un poco sobrecogida por el aire misterioso de los subterráneos.
En un salón estaban como en tertulia, alrededor de un velador, Luis XVI y María Antonieta, Madama Real, la princesa de Lamballe y el Delfín. Todos impasibles, peripuestos y amanerados.