A Alvarito le dió ganas de gritarles:
—Apresuraos. No seáis idiotas, que vienen los descamisados a cortaros la cabeza.
En otro salón estaba Napoleón en la Malmaison, con Josefina, Talleyrand, Fouché y los generales del Imperio. Todos tan apacibles, tan peripuestos y tan amanerados como los anteriores.
Uno de los generales le miraba a Alvarito con un aire muy discreto.
—Estamos esperando a que suene el cañón de Waterlóo para marcharnos de aquí, porque nos encontramos un poco aburridos—parecía decir aquel señor.
En la sala de una cárcel cenaban los girondinos. Uno de ellos echaba un discurso pomposo con un aire místico e iluminado. Seguramente hablaba de los derechos del hombre y del Ser Supremo, y de otras cosas que entonces divertían a la gente sin saber por qué, y hoy, sin saber por qué, nos aburren.
Luego vieron a Latude en su cárcel, a los cenobitas del Paracleto, a los mártires cristianos antes de ir al circo, a Marat, muerto, con Carlota Corday al lado; a Danton y a Robespierre, vociferando...
—Esto es mejor que lo nuestro, ¿eh?—exclamó Chipiteguy riendo.
—Sí; pero aquí no hay asesinos—contestó Alvarito.
—Es verdad. Sin embargo, debe haber.