A veces le entraban las aficiones culinarias y se metía en la cocina y hacía, en colaboración de la Baschili, bizcochos y flanes, que rellenaban de crema, de huevos hilados o de dulce.
Chipiteguy y Alvarito, que eran golosos, comían estos postres, saboreándolos y relamiéndose, y Manón, a quien no le gustaba apenas el dulce, se reía.
Manón tenía gran talento, gracia, picardía, verdadero sentido musical. Lo único que a Alvarito no le gustaba era la versatilidad y la coquetería de la muchacha.
—Tienes que venir a conocerla—dijo Alvarito con entusiasmo a su hermana.
—Bueno; sí, ya iré—contestó ella sin gran efusión.
—Ella tiene muchas ganas de conocerte a ti.
—¿Por qué? ¿Le has hablado de mí?
—Sí, mucho.
—Eres un cándido. Crees que los demás van a tener los entusiasmos tuyos.
—¿Por qué no? Yo hablo bien de las personas que son buenas y nadie dirá que tú no lo eres.