—¡Qué inocente!
—No, no soy inocente; no me vas ahora a convencer a mí de que todo el mundo, empezando por ti, son unos terribles egoístas.
La hermana de Alvaro era un poco cargada de espaldas, pálida, de ojos negros muy expresivos, la boca grande y la cara poco correcta. Era muy simpática y muy servicial. Estaba dispuesta a hacer todo lo que los demás tenían por engorroso y molesto.
Dolores Sánchez de Mendoza fué a casa de Chipiteguy y conoció a Manón y a Rosa. Las dos primas estuvieron muy amables con ella y la obsequiaron mucho.
—¿Qué te ha parecido Manón?—preguntó Alvarito a su hermana al salir de la casa del Reducto presurosamente.
—Es muy guapa y muy simpática, pero...
—¿Pero, qué?
—Que creo que no te debes hacer ilusiones. Una chica tan guapa, tan brillante, que será rica, no se casa con un pobre.
Alvarito se entristeció al oír la observación de su hermana y se le puso una cara larga y abatida.
—¿Por qué no te diriges a Rosa?—le preguntó Dolores.