Otra amiga, algo pariente, solía ir algunas tardes a casa de Manón: una chica llamada Margarita D'Arthez, Morguy, hija de un almacenista de vinos. Morguy no era simpática; Rosa la odiaba por su mordacidad; sólo Manón la podía resistir. Dolores, cuando la conoció, la encontró también antipática.
Morguy era más fea que guapa, muy rubia, casi roja, con los ojos pequeños y un poco encarnados, las cejas siempre fruncidas y los labios abultados.
Morguy era envidiosa, taciturna y malhumorada; reñía con mucha facilidad con los padres, con las criadas y con todo el mundo. Sus cóleras se convertían con facilidad en torrentes de lágrimas.
Así era Morguy: tan pronto lloraba como reía; generalmente sus carcajadas acababan en llanto, y sus lloros, en carcajadas. Tenía rencores inmotivados y días que se pasaba rabiosa, sin hablar.
Morguy reconocía su mal genio, y cuando le contaba a Manón sus rabietas, por una parte furiosa y por otra burlándose de sí misma, Manón se reía a carcajadas.
—Esta chica hasta que no se case no va a tener buen humor—decía Chipiteguy a Morguy.
—Sí, buena marcha llevo—replicaba ella—; me voy a quedar solterona.
—Pues no te conviene, porque no vas a tener con quien reñir y vas a hacer muy mala sangre.
—¿Tan venenosa cree usted que soy?
—No, no. Mujer, como todas; pero, en fin, si yo tuviera la edad de Alvarito me fiaría más de las alborotadas que de las mosquitas muertas.