Chipiteguy se ponía siempre, más o menos disimuladamente, del lado de Manón y creía que Rosa y Dolores eran gazmoñas e hipócritas.
Varias veces Alvarito y Dolores fueron al "Paraíso Terrenal", el bazar de juguetes de la madre de Rosa. Madama Lissagaray era una señora de cuarenta y cinco a cincuenta años, muy flaca, de ojos claros, con aire de dama de Versalles. Era muy sabia y un poco redicha. Lo característico en ella era la cara, fría e indiferente, que contrastaba con la voz y los ademanes efusivos. Al hablar parecía desmentir con los ojos cuanto decía, y, sin embargo, la verdad era lo que hablaba, pues no tenía nada de falsa ni de hipócrita.
Madama Lissagaray se expresaba con gran discreción y simpatizó con Alvarito y su hermana.
Esta señora había tenido varios chicos, que se le habían muerto, y cuidaba de Rosa, su única hija, con una afección mezclada de cariño y de temor.
Encima de su bazar había un entresuelo pequeño, bajo de techo, donde habían vivido algunos años: pero estaba tan abarrotado de género, que lo abandonaron y fueron a habitar a una casa de la Avenida de Boufflers, de su propiedad, de más espacio y mejores vistas.
Rosa y Manón solían mostrar a sus amigos, a los muchachos jóvenes, los juguetes del "Paraíso Terrenal", y, sobre todo, algunos antiguos, ya un poco arrinconados y fuera de moda, pero más graciosos que los modernos.
Había una sala en el entresuelo, en un extremo del bazar, adonde habían ido a parar varios relojes. Allí se veía un reloj de pared, inglés, muy hermoso, con la esfera de cobre, y en ella un círculo pequeño del minutero; un reloj de cuco, otro con sonería de campanas y campanillas y varios relojes de mesa, dorados, metidos en fanales de cristal.
Había también en el mismo rincón una caja de música con su cilindro de cobre, lleno de púas, y un organillo pequeño, construído en Ginebra, con muñecos en la tapa, que se movían, entre los cuales figuraban un negro que bailaba, un señor de frac que llevaba la batuta, otro que tocaba gravemente el violoncelo y varias damiselas con miriñaque, que danzaban rápidamente.
Había también unos chinos de porcelana, que saludaban con la cabeza desde dentro de un fanal; un tíovivo de muñecos, que giraba y sonaba; un teatro, arcas de Noé, conejos que tocaban el tambor, serpientes articuladas que se movían y muñecas.
Alvarito, que no había tenido nunca juguetes, a pesar de ser ya un mozo y de no encontrarse en edad de jugar con ellos, los miraba con gran entusiasmo.