Aquellos soldados de plomo de Artillería y Caballería, con sus carros y sus cañones, le parecían magníficos. Otro juguete que le admiraba era la gran casa misteriosa, con sus persianas verdes y un balcón corrido, adonde salía, como a tomar el fresco, una dama de mantilla. Esta dama se parecía a la nieta de Chipiteguy y Alvaro la miraba con entusiasmo.

Manón, cuando iba a aquel rincón del "Paraíso Terrenal", lleno de juguetes, le gustaba dar cuerda a todos ellos y oír la algarabía que formaban las campanadas graves y agudas de los relojes, el tintineo de la caja de música, ver cómo movían la cabeza los chinos, cómo daba vueltas el tíovivo, llevaba la batuta el señor de frac, tocaba el otro el violoncelo, bailaban el negro y las damiselas y aparecía y desaparecía la dama romántica en el balcón de la casa solitaria con las persianas verdes.

¡Qué poesía o qué cuento, a la manera de Hoffmann, hubiera escrito el amigo de Chipiteguy, el poeta Julius Petras Guzenhausen de Aschaffenburg, de tener la humorada de existir en el mundo y de visitar el "Paraíso Terrenal"! ¡Qué bien hubiese descrito los movimientos de aquellos autómatas, sus reverencias, sus saludos, sus bailes, llenos de elegancia, amanerada y ceremoniosa!

Una vez Alvarito soñó que estaba en un campo donde había dos bolas grandes de nieve, hechas por los chicos; se aproximaba a una y huía delante de él y a medida que la una huía, la otra se acercaba. Luego, estas dos bolas de nieve se convertían en dos palomas, que hacían lo mismo, y, por último, en dos nubes.

Al final, entre ellas, aparecía Chipiteguy, en medio de sus figuras de cera, con unas actitudes extrañas, haciendo unas muecas horrorosas.

Alvarito pensó si estas bolas de nieve, estas palomas y estas nubes serían transformación en sueños de Manón y de Rosa.

Durante la primavera y el verano, Manón y Rosa y algunas amigas, con Alvarito y otros muchachos, hicieron excursiones a Biarritz, a la playa de la Chambre d'Amour y al lago de Mouriscot.

Morguy coqueteaba mucho con Alvarito; pero a él no le gustaba esta chica roja, de mal humor.

Con Morguy conoció a su padre, el señor D'Arthez almacenista de vinos, y a su hermano Pedro, que le fué muy simpático.

El hermano de Morguy vivía una vida irreal, leyendo novelas, aburriéndose de la gente. Sentía un desprecio profundo por lo que le rodeaba. Cuando dejaba su trabajo se escondía y se iba a leer libros. Su hermana casi le tenía odio, porque no le hacía caso. Sin duda le parecía que no valía la pena. Pedro D'Arthez era un joven pálido y un poco fofo, que se pasaba la vida leyendo.