No le gustaba nada el comercio; trabajaba resignado en su despacho y, cuando concluía, se encerraba en su cuarto y se ponía a leer. Tenía gustos de viejo. Metido en su cuarto, con su bata, su gorro griego y sus zapatillas, se pasaba el tiempo leyendo y fumando en la pipa.
El joven D'Arthez hablaba siempre como hombre aburrido y disgustado. La lectura, al ocuparle tan completamente el pensamiento, le hacía mirar la realidad con desagrado.
El cuarto de Pedro era un cuarto con dos ventanas sobre un tejado. Muchos libros, un diván y algunas estampas constituían su mobiliario.
El joven escribía todos los días sus memorias y sus impresiones de las lecturas. Su padre, su madre, su hermana y los conocidos le reprochaban el hacer una vida tan sedentaria y tan malsana. No había reflexión que le hiciera cambiar de vida. A todo se encogía de hombros.
—¡Son tan aburridas estas gentes!—le dijo a Alvarito.
—¡Qué pueblo Bayona!—añadió otra vez—. Yo creo que será el pueblo más aburrido del mundo.
—¿Dónde quisiera usted vivir?—le preguntó Alvaro.
—¡Qué sé yo! En cualquier lado, menos aquí.
Pedro no dejaba libros a su hermana ni a sus amigas.
—¿Para qué? Primero, no entienden lo que leen—decía—; luego dejarán el libro en un banco, o le doblarán las hojas, o le llenarán de manchas de cosmético.