Unicamente el joven D'Arthez salía de su rincón para oír música, pero sólo cierta música.
Alvarito pensaba que el hermano de Morguy tomaba demasiado en serio la literatura y la música y daba demasiada poca importancia a la vida real.
Pedro era republicano y despreciaba a los monárquicos y a los carlistas.
Pedro le dijo a Alvarito que le prestaría algunos libros, y, efectivamente, le dejó novelas de Merimée y de Stendhal, que a Alvarito no le entusiasmaron, probablemente, porque no llegó a comprender su mérito.
Cuando Alvarito dijo a Manón que conocía al hermano de Morguy, Manón tuvo para Pedro grandes burlas y sarcasmos. Le parecía un pedante, un fatuo, que se metía en un rincón para hacerse el interesante.
Alvaro defendió a su nuevo amigo; pero ella siguió hablando de él de una manera sarcástica.
—Manón habla siempre mal de mí—dijo un día Pedro—. En el fondo, porque no le hago caso.
—¿Cree usted...?
—Sí; si yo me ocupara de ella, me despreciaría más. Eso ya lo sé; pero el no ocuparme de ella lo considera casi como un insulto.
Pedro le dijo a Manón que, efectivamente, habían querido que Manón y él fueran novios, pero que no se entendían; ella era voluntariosa y coqueta; él, tranquilo y aficionado a leer. El no decía nada malo de Manón, quizá valía más que él; pero tenía una turbulencia insaciable y una versatilidad tal que era capaz de volver loco a cualquiera.