El llamado conde de Montgaillard fué un gran explotador de la política.

Explotó a la Revolución, al emperador de Austria, a Napoleón y a los Borbones, y murió muy tranquilo en su casa propia de Chaillot, comprada con sus ahorros de intrigante, a los ochenta años.

El conde de Montgaillard tuvo pensiones de todos los Gobiernos franceses de la época, y lo más extraño fué que la tuviese, y grande de Luis XVIII, de quien había publicado un retrato burlón e injurioso. La razón de esta anomalía parece que fué el que el intrigante guardaba unas cartas que Luis XVIII había escrito a Robespierre en tiempo de la Revolución, queriendo congraciarse con él, dándole la razón en muchas cosas y queriendo atraerle a su campo.

Días después de la presentación de los dos aristócratas en casa de madama Lissagaray, Alvaro vió que el joven Montgaillard paseó varias veces por delante de la casa del Reducto, y Alvarito comprendió que le debía haber escrito a Manón y que quizá ésta le había contestado.

Un día, en pleno verano, la condesa de Hervilly les convidó a ir, el domingo siguiente, a las amigas de Manón y a Alvarito a pasar la tarde en el castillo de Urtubi, cerca de Urruña. La condesa conocía al dueño que le había invitado.

Fueron en un coche grande, descubierto, diez o doce personas, los condes de Hervilly, Manón, Rosa, con su madre; Dolores, Morguy y los aristócratas recién llegados a Bayona y amigos de Hervilly, el vizconde de Saint-Paul y el caballero de Montgaillard.

El vizconde y el caballero fueron durante la excursión la nota saliente, sobre todo para las muchachas. Montgaillard vestía frac azul entallado, como un dandy, y venía de París. El caballero llevó la voz cantante en el viaje; habló de actrices y de bailarinas, conocía escritores, periodistas y políticos. Dijo que como no tenía un cuarto pensaba entrar en España e ingresar en el ejército carlista por si encontraba aquí la solución para su vida. Contaba con la protección del príncipe de Lichnowsky. El vizconde de Saint-Paul, más tranquilo, sonreía de las frases de Montgaillard y hablaba poco.

El joven caballero tuvo mucho éxito con las muchachas y se le encontró gracioso y ocurrente, lo que hizo desesperar a Alvarito, sobre todo viendo que Manón coqueteaba con él.

Era evidente que se cambiaban sonrisas y ojeadas.

¿Cómo había llegado a tener esta familiaridad con el forastero? ¿Es que es una mujer sin decoro?—se preguntó Alvarito de mal humor.