Alvarito notó con desagrado que la presencia de los dos forasteros produjo en las muchachas una animación, un deseo de brillar, una rivalidad disfrazada entre unas y otras, que a él le molestó profundamente, porque comprendió que la causa de esta excitación eran los recién venidos y que en ellos se quería hacer efecto.
Quizá sólo Rosa le era en aquel momento un poco fiel a Alvaro; las demás le habían olvidado.
Los veinte kilómetros de camino pasaron pronto para todos, aunque no para Alvarito; se contempló el mar, se vió la cadena de montes de España; Jaizquibel, como una pirámide, y el monte Larrun; se pasó por delante de Bidart, se cruzó San Juan de Luz y se llegó al castillo de Urtubi. A todos les pareció, desde fuera, muy romántico con sus torrecitas y sus paredes cubiertas de hiedra, un poco hundido entre árboles.
El dueño les esperaba a la entrada del parque, y les hizo pasar primero a un gran salón y les llevó a las damas a un tocador por si tenían que arreglarse. Luego preguntó a sus visitantes si preferían almorzar en el parque o en el comedor.
Madama Lissagaray era la única que hubiera preferido almorzar bajo techado.
—No tenga usted cuidado; hoy no hay humedad—le dijo el dueño.
Salieron todos al parque, que estaba magnífico, y dieron un paseo por él. Hacía un día de viento Sur, con el cielo rojo, que daba al paisaje un aire de decoración de teatro. Los tilos y las magnolias, llenos de flor, perfumaban el ambiente con su aroma, un aroma tan fuerte que casi mareaba. En este ambiente irreal todo parecía inmóvil y silencioso. Los pájaros dormían aletargados en las ramas. Un martín pescador pasó por el aire, tan azul, que parecía un trozo de cielo volando entre los árboles.
Se acercó la hora de almorzar, y en una plazoleta de grandes olmos en donde estaba puesta la mesa se sentaron.
Se comió y se bebió alegremente, y Manón y el caballero de Montgaillard fueron los que más hablaron y tuvieron más rasgos de ingenio.
Montgaillard iba a la carrera haciendo la corte a Manón.