El caballero manejaba uno de esos recursos del donjuanismo que está al alcance de todo el mundo; pero que, sin embargo, tiene casi siempre éxito cuando se es joven y no de mala figura. Se manifestaba indiferente y al mismo tiempo atento con las mujeres, para, llegado el caso, fingir una gran impresión. Es esto, indudablemente, como el a b c del histrionismo amoroso, pero no deja de hacer su efecto.
Pasada la excitación de la comida, Manón dijo que iba a escoger un sitio a la sombra del parque y echarse a dormir la siesta.
—De ningún modo—dijo su tía, madama Lissagaray—; no te lo permito.
—¿Por qué no?
—Porque no, y basta.
Manón hizo un gesto de displicencia. Después de un largo rato de sobremesa, el dueño de Urtubi les preguntó si no querían ver el castillo, aunque era pequeño.
Mientras recorrían el edificio, el dueño habló de la fundación primitiva de la casa, en el siglo XI; de la muralla que quedaba aún del siglo XIV; de la estancia de Luis XI en Urtubi cuando estuvo como mediador entre los reyes de Castilla y de Aragón y de los recuerdos que quedaban de Soult y de Wellington, que tuvieron allí su cuartel general al principio del siglo. Les contó también la eterna rivalidad del partido de los Sabelchuris y Sabelgorris, fajas blancas y fajas rojas, que dividían en el país del Labour a los partidarios de Urtubi de los de Saint-Pee.
Vieron el salón, el comedor grande, con una chimenea de mármol, que tenía esta inscripción en vascuence: "Billzen, berotzen, bozten" (Reuniendo, calentando, gozando); pasaron por un vestíbulo lleno de placas de hierro de los hogares, de las chimeneas antiguas, algunas muy curiosas, y luego fueron a la biblioteca.
El dueño sacó un ejemplar del libro de Pierre de Lancre, titulado: Cuadro de la inconstancia de los malos ángeles y demonios; les mostró una estampa de un sábado brujeril y les leyó un párrafo, en que se decía que el propietario del castillo de Urtubi, a principios del siglo XVII, después de una reunión de brujería tenida en su casa, se había encontrado los días siguientes con que las brujas le iban chupando la sangre y sorbiéndole el seso, lo que le decidió a denunciarlas.
Todos se rieron, menos Alvarito, que pensó que el señor de Urtubi era un visionario como él.