De la biblioteca marcharon al pequeño archivo, que tenía algunos antiguos documentos de los Urtubis, emparentados con los Alzates, Gamboas, Belzunces, Ezpeletas y con la familia del escritor Montaigne.
Salieron de nuevo al jardín. Una nube roja, grande, había aparecido en el poniente y el parque tenía un aire fantástico en este aire, inmóvil y caliente, perfumado por las flores. Cerca del castillo había una acequia negra entre dos paredes de piedra, que tomaba al reflejar el cielo, tonos de sangre.
Salieron de nuevo al parque y llegaron a una fuente.
Manón dijo que tenía que echar la suerte con dos alfileres, tirándolos a la fuente y viendo cómo quedaban en el fondo; si quedaban separados, era que no se casaba, y si quedaban cruzados, que sí. Manón echó sus dos alfileres y quedaron separados; después los echaron Rosa y Morguy, y pasó lo mismo. Por el sortilegio de la fuente ninguna de las tres se casaba.
—Sí, sí; nos quedaremos solteras—dijo Manón.
—Tendrá que ser porque a los hombres de esta tierra les falten ojos—dijo galantemente Hervilly.
Manón había cogido una flor y se la había puesto en el pecho.
El joven Montgaillard quiso que le diera aquella rosa que llevaba en el pecho y ella se la dió.
Iba cayendo la tarde y, según dijo madama Lissagaray, era hora de volver a Bayona.
—Antes merendarán ustedes—dijo el amo de la casa.