La Morguy quería matarla con un alfiler y llevársela.

—No, no—dijo Manón—; hay que soltarla, que viva.

—Poco vivirá—dijo el dueño abriendo la ventana y soltándola—. Algunas no duran más que una noche; el tiempo necesario para poner sus huevos.

Madama Lissagaray insistió en que era hora de volver.

Se despidieron y entraron todos en el coche. Rosa se sentó al lado de Alvarito y estuvo hablando con él.

—Ya ves tú—decía la muchacha—qué mala suerte tengo yo.

—¿Mala suerte? ¿Por qué?

—Manón y yo tenemos la misma edad, y hemos sido educadas de la misma manera. Ella siempre tiene éxito y yo nunca.

—Tú también lo tienes.

—No, no. Y, además, es natural. Ella es más bonita que yo, más inteligente, más brillante. Todas las ventajas para ella y para mí nada.