—Eres muy modesta.

—No. La suerte ha sido muy generosa con ella y muy mezquina conmigo. Ella es música, es guapa, es graciosa. Y yo soy tonta, sosa y sin talento.

—Eres muy severa contigo misma.

—No, me conozco. Yo no tengo ningún encanto.

—¡Oh! No digas eso.

Alvarito dirigió a la muchacha algunos cumplidos, pero eran fríos y sin efusión.

Un par de horas después llegaron a San Juan de Luz, pararon un momento en un café y volvieron a tomar el coche, y vieron el mar cerca de Guethary, azul, recamado de blanco en un cielo rojo, incendiado y amenazador; vieron brillar el faro de San Sebastián y el del cabo Higuer. Al acercarse a Bayona, la luna había salido, grande, amarilla como una cara de mujer enferma.

Alvarito llegó a casa; no cenó apenas, y fué a acostarse a su cuarto. Al tenderse en la cama, el coche, el mar, la acequia con el agua rojiza, la estampa del sábado brujeril del libro de Lancre le comenzaron a bailar ante los ojos. Pronto pasó del recuerdo al sueño.

Soñó que escalaba, con grandes esfuerzos, un cerro que tenía en la punta un castillo, marchando por entre riscos afilados que parecían de cristal. Después de subir por una escalera laberíntica, llegaba a un desván, con vigas en el techo, y encontraba un montón de paja y se tendía en él.

De pronto notaba que estaba al lado de una ventana abierta, al borde del abismo. Delante tenía un paisaje sombrío, con montes ceñudos y valles estrechos, llenos de árboles, y al contemplarlos se le encogía el corazón. Nubes pesadas avanzaban a rodear el castillo. Desesperado, elevaba la vista y quedaba absorto. El cielo estaba lleno de brillantes meteoros desconocidos; la luna, las estrellas y los cometas, con largas colas, saltaban en locas carreras por el firmamento. Contemplaba aquello a cada instante con mayor horror, hasta que, de pronto, comenzó a salir el sol. Entonces una deliciosa calma dominaba la naturaleza. El cielo se ponía azul, un murmullo lejano venía del mar, rizado con olas blancas; de los bosques se exhalaba un perfume balsámico. ¡Oh! ¡Cómo se respiraba el aire puro! ¡Cómo corrían los arroyos y las fuentes!