Pero esto también duró poco, y vino el crepúsculo, un crepúsculo al principio admirable. Brillaban las flores rojas y blancas, las campanillas azules en los campos verdes; luego todo se tornaba ceniciento; había entonces una queja en el espacio; nubes de mariposas grandes cruzaban el aire. Alvarito sentía necesidad de llorar y se despertó. Pasó muchas horas despierto, dando vueltas en la cama, pensando en su sueño y en Manón y suspirando sin querer. Al último consiguió dormirse y no se despertó hasta que le llamaron por la mañana.
II
FRECHÓN O EL CHATARRERO MISÁNTROPO
Matías Frechón, el tenedor de libros de Chipiteguy, era hombre de treinta y cuatro a treinta y cinco años, alto, flaco, moreno, de frente estrecha, labios finos, nariz roja, bigote delgado y patillas largas.
El dejarse las patillas le daba cierta apariencia de banquero o de hombre de negocios, que él consideraba muy importante y muy apropiado para su persona.
Frechón tenía aire poco tranquilizador. Indudablemente no es una fantasía folletinesca el asegurar que hay hombres que sólo por su aspecto producen desconfianza y hasta una marcada repulsión moral. Parece que por instinto se puede comprender rápidamente que ciertos rasgos fisionómicos representan y son consecuencia de una larga vida de intrigas, de hipocresías o de bajezas, y las fisonomías con estos rasgos nos producen alarma, no siempre bien definida.
A veces no son las bajezas hechas las que adivinamos y nos dan impresión de alarma y de desconfianza, sino las por hacer, las que están aún latiendo en el espíritu del que es capaz de cometerlas. Así, por intuición, comprendemos que cierta clase de rostros no pueden pertenecer más que a almas dispuestas a toda clase de villanías.
Frechón no solía reír; su sonrisa era triste, fría y antipática.
Frechón tenía aire de hombre falso e hipócrita. No miraba nunca de frente más que cuando se irritaba. Se parecía un tanto al Robespierre de las figuras de cera. El hombre sentía gran confianza en sí mismo, en su inteligencia y en su perspicacia; en su rostro se leía casi siempre una expresión de superioridad.