Para él todo el mundo era tonto. Si había alguno que no lo fuera, consistía en que era un canalla. De tontos y canallas, según él, se hallaba formado el mundo.

Chipiteguy solía decir: "Las ideas de Frechón a veces son claras una a una, pero en conjunto son un puro disparate".

Tan es cierto, que muchas veces es la mala organización de los conceptos la que hace al loco y al insensato.

Frechón se creía un hombre genial a quien le faltaba un escenario digno de sus méritos. El orgullo, la vanidad, la tristeza de no ser nada le ahogaban.

—Se oirá hablar de mí—solía decir con jactancia.

Frechón hacía profesión de fe de su misantropía. Este chatarrero filósofo, pequeño Timón de Bayona, había estudiado en su juventud para cura y sabía latín, lo que le servía para citar con mucha frecuencia frases de Horacio y de Virgilio. Era bastante letrado. Leía causas célebres, folletos anticlericales y el Citador, Pigault-Lebru; decía también que había leído a Fourier.

Frechón hablaba siempre con gran prudencia, pensando cuanto decía. Había adquirido la costumbre de repetir la pregunta que se le hiciera para darse tiempo de pensar bien la respuesta.

Frechón tenía ideas republicanas, lo cual no era obstáculo para que hubiese estado durante algún tiempo al servicio de los carlistas españoles por intermedio de Roquet, el agente de Aviraneta, y de Cazalet, bohemio crapuloso que sabía muchos secretos de todo el mundo.

Cuando le hablaban a Frechón del acto o de la opinión de alguna persona, decía con frecuencia:

—¡Bah! ¡Qué tontería!