Frechón afirmaba que poseía muchos recursos para ganar dinero.

—¡Si supieran los giros que tengo yo todos los meses!—decía con orgullo.

El misántropo era al mismo tiempo fantástico y petulante, escéptico y de cándida credulidad. Es muy difícil en el escepticismo llegar a no creer ni en lo bueno ni en lo malo. La mayoría de los escépticos se contentan con no creer en lo bueno, y el escepticismo verdadero estaría en no creer ni en lo bueno ni en lo malo.

Frechón vivía pensando fantasías; había en él una tendencia marcada por lo secreto, por lo misterioso, tendencia que se aumentaba con la bebida; el misántropo tenía mucha afición al vino y a los licores.

Su mundo era un mundo extraño, diferente al de los demás. El se consideraba viejo, y una de sus manías era hablar de su vejez.

—A un hombre viejo como yo no se le engaña—decía con frecuencia—. Los viejos como yo saben lo que se hacen.

Al parecer, la idea de ser viejo le encantaba a Frechón grandemente. Sentía el misántropo gran desprecio por su juventud; le parecía que los hombres jóvenes no servían para nada.

Frechón gozaba mucho con el espionaje. Había nacido con una inclinación nativa para espiar. El descubrir un misterio constituía para él una delicia. En un pueblo como Bayona, en donde se urdían muchas intrigas políticas y se hacían negocios de suministros militares y de contrabando, Frechón vivía como el pez en el agua. Espiaba a los franceses y a los españoles, a los carlistas y a los liberales, a los aduaneros y a los contrabandistas.

—¡Bah! Ya sé yo lo que hace ese.

—¡Bah! Ya sé yo quién es el amante de esa mujer.