Para todo tenía el misántropo un ¡bah! desdeñoso y de superioridad. El viejo Frechón, como se llamaba a sí mismo, había pasado muchas noches en la esquina de una calle aguantando el frío de la noche o tendido en el campo recibiendo la lluvia para averiguar alguna cosa que, después de todo, no le importaba nada.

Hacer un agujero en la pared y espiar lo que pasaba en una habitación inmediata, aunque no ocurriera en ella nada de particular, le parecía una maravilla de interés.

La guerra civil de España le daba muchos motivos de espionaje y de intrigas.

Otro placer para él delicioso, lleno sin duda de matices agradables, era el escribir anónimos. Se procuraba así una de sus mayores satisfacciones. Dominaba la técnica del anónimo, la tenía muy bien estudiada; sabía por qué indicios se podría descubrir al autor, sabía el sistema para no dejar rastros, y en su casa guardaba papeles traídos de fuera y sacados de varias partes.

Llegaba a disfrutar así de la más dulce impunidad; pensar que no había manera de descubrirle y que podía, además, sugerir la idea de que era otro el autor del anónimo.

Frechón era envidioso; su mayor placer hubiera sido quitar el dinero a ciertas gentes y, al dejarles en la miseria, hacerles una mueca de burla.

Frechón vivía con su hermana, solterona de muy mal carácter y muy rencorosa.

Al misántropo le gustaba Manón y la miraba siempre con ojos de ogro, pero ella le despreciaba profundamente.

La jugada de Chipiteguy con las custodias y las cruces de Pamplona colmó la medida de rabia de Frechón.

Frechón, desde que había vuelto a Bayona, estaba furioso contra Chipiteguy.