—Sí, sí. ¿Por qué no?
—Pedro supone que tú eres una mujer de lujo, pero no una mujer confortable.
—Y él, ¿qué es? Un imbécil.
Manón, sin duda, no le perdonaba al hermano de Morguy el no haber caído, como los demás, rendido a sus pies.
IV
LAS PREOCUPACIONES DEL HIDALGO SÁNCHEZ DE MENDOZA
Mientras Alvarito y su hermana Dolores sostenían la casa y trabajaban, el uno llevando cuentas en el despacho mugriento y triste de Chipiteguy, la otra encorvada sobre el bastidor bordando para la Falcón, el padre de ambos, don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza y Montemayor se dedicaba a las labores propias de su condición de noble hidalgo, que consistían, principalmente, en no hacer nada y en divagar por los amenos campos de la política, de la genealogía y del blasón de los Sánchez de Mendoza.
La política le preocupaba a don Francisco Xavier. ¿Qué iba hacer él? Era un hombre importante. ¿Quién tiene la culpa? Es el Destino el que coloca a unos en las cimas y a otros en el fondo de los valles.
El hidalgo estaba convencido de que le perseguían los agentes del cónsul de España, los marotistas y los masones. Había una guerra a muerte entre la masonería y él.