El veía tipos sospechosos que se le acercaban en la calle; comprendía que se hacían signos masónicos en los cafés y que había señales en los balcones de las casas, con pañuelos de color, y de noche con luces. Todo esto lo sabía muy bien él, pero callaba.
Otra cosa que le preocupaba hondamente era el cargo de Alvarito en casa de Chipiteguy.
¿Después de haber sido su hijo empleado en una trapería, se podía cruzar caballero? ¿Podría pertenecer a las órdenes militares? Temía que no. Era algo terrible este empleo del chico en casa de Chipiteguy, en la tienda de un trapero y chatarrero, jacobino y masón por más señas; algo casi tan terrible como la barra de bastardía que aparecía ¡estaba probado! en la rama de los Pérez del Olmo, esta rama de los Olmos tan perturbadora. ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Qué diría su amigo el duque! ¡Qué diría el general! ¿Llegaría la noticia hasta don Carlos?
El señor Sánchez de Mendoza podía haber pensado que quizá si él hubiese trabajado, su hijo no hubiera tenido necesidad de entrar en la tienda de hierro viejo; pero, no, él nunca se dedicaría a un trabajo innoble, y los trabajos nobles no se presentaban. ¿Quién tenía la culpa?
La mujer de Sánchez de Mendoza, madre de Alvarito, pobre mujer flaca, triste, de color de limón, sin alegría alguna, con el convencimiento íntimo de que su vida no podía ser más que una serie de desdichas, larga tragedia obscura y dolorosa, escuchaba a su marido como a un oráculo.
Don Francisco Xavier la había convencido de que él era hombre importante y de que, además, la amparaba, tendiendo sobre sus hombros un manto protector. Al pensar algunas veces en esto, don Francisco Xavier extendía los brazos como si estuviera poniendo un manto y se figuraba, conmovido, que efectivamente amparaba a su mujer.
Como ésta solía tener mucha faena en la casa, el hidalgo se lavaba él mismo los pañuelos y los cuellos en la palangana, hacía que su hija los planchara, se ponía su sombrero chambergo y su capa y se marchaba a distraerse y a presumir con cierto aire de mosquetero; paseaba por delante de los escaparates de las calles céntricas, donde se estudiaba para ver su prestancia; miraba trabajar al relojero o al guarnicionero; saludaba a algunos dueños de tiendas de ultramarinos, zapaterías y lencerías de la calle de España, que eran carlistas, y compraba dos cuartos de tabaco en un cucurucho de papel de periódico, que ponía en seguida en una petaca de cuero con las armas de los Sánchez de Mendoza.
Compraba el tabaco en el Pequeño Suizo, que era café y estanco. Cuando tenía dinero se sentaba en una mesa a tomar café. El Pequeño Suizo tenía en el escaparate, entre pipas y eslabones, una figura de cera, un hombre con un gorro peludo, grande, de casaca azul con galones dorados, pantalones blancos, botas de montar, negras, y una pipa de barro muy larga en la mano derecha.
Era uno de los grandes placeres de Sánchez de Mendoza pasarse el tiempo en el Pequeño Suizo tomando café y hablando.
Los parroquianos del café eran criados, cocheros, mozos de cuadra, horteras y algunas muchachas que trabajaban en los almacenes, público que gustaba a Sánchez de Mendoza, que era aristócrata, quizá más en teoría que en la práctica.