Otro de los centros de reunión del hidalgo era la guitarrería del Sevillano.

El sevillano Juan Manuel Redondo era un hombre bajito, con aire de torero, que había dejado Córdoba, donde vivía últimamente por la malquerencia de los liberales, que habían creído que Juan Manuel había tenido relaciones con las tropas de Gómez.

Juan Manuel, después de su trabajo, solía sentarse con su blusa blanca y tocar y cantar con mucho arte.

Iban con frecuencia a oírle varios españoles y hubieran ido más si la mujer del Sevillano, una soriana dura, no los hubiera espantado, diciendo que su marido necesitaba trabajar. Al anochecer, la guitarrería tomaba un aire clásico andaluz. Un quinqué iluminaba la tienda, con el techo colgado de guitarras, bandurrias y laudes; en unas estanterías se veían las cuerdas y en un rincón el torno. En la guitarrería se solía hablar principalmente de España y alguna que otra vez de política.

A veces, don Francisco Xavier necesitaba cuidar más de su indumentaria para ir a visitar al obispo de León, llegado de Guethary; a su amigo el señor de Corpas, al marqués de Hautpoul o a monsieur Auguet de Saint Sylvain, y entonces la mujer dejaba un momento la cocina, o el harapo que estaba lavando o remendando; la hija abandonaba el bordado y entre las dos acicalaban al hidalgo.

El señor Sánchez de Mendoza iba también a la tertulia del periodista inglés Mitchell, que escribió, después del Convenio de Vergara, el folleto titulado El campo y la corte de don Carlos, donde se atacaba violentamente a Maroto.

Este Mitchell estaba casado con una española y se decía que era judío.

Cuando llegaba a Bayona el obispo de León, don Francisco Xavier era de los que se presentaban con más apresuramiento a besarle el anillo.

Sánchez de Mendoza se manifestaba antimarotista. El general Maroto le parecía un audaz revolucionario, enemigo del trono y del altar, de este trono y de este altar que debían ser intangibles, inmaculados para todo buen monárquico y católico. Esto de intangible e inmaculado lo decía el hidalgo con una voz un poco lacrimosa.

Don Francisco Xavier no tenía muchas ocupaciones; sus dos talentos principales consistían en escribir con una letra estilo Iturzaeta y en calcar escudos y después pintarlos a la acuarela. No los hacía muy bien; pero como cobraba poco, a peseta y a dos pesetas cada uno, poniendo él la cartulina, sacaba algún dinero, dinero que naturalmente no entregaba en su casa, sino que se lo gastaba en el Pequeño Suizo.