Alvarito y Dolores sostenían la familia. Dolores trabajaba para la tienda de antigüedades de la Falcón; había aprendido a componer bordados antiguos, a imitarlos y a hacer escudos. Combinaba, con mucho arte, el punto de Venecia, el de Alenzón y el de aguja, y ganaba seis y siete francos al día. Trabajaba también algo para fuera y la señorita de Taboada le había recomendado a familias legitimistas francesas, que pagaban su trabajo con esplendidez.
A pesar de este bienestar, que iba llegando paulatinamente a su casa, el señor don Francisco Xavier no estaba contento con la posición de sus hijos. ¡Dolores, bordando para fuera! ¡Alvarito, en una tienda de hierro viejo!
¡Qué dirían los antiguos Sánchez de Mendoza si vieran a sus descendientes ocupados en tan viles menesteres! ¡Qué dirían los Montemayor y los Porras! ¡Cómo temblarían sus huesos de vergüenza y de indignación en los viejos sarcófagos, ornamentados por los artistas de la Edad Media en los silenciosos claustros de las catedrales!
Aquella preocupación y el hallazgo de la barra de bastardía de los Pérez del Olmo, esta rama de olmo poco segura, amargaban los instantes del monárquico aristócrata.
Alvarito, aunque no con la misma intensidad de su padre, pensaba también en sus antepasados. Creía que éstos, desde sus tumbas frías, le exhortaban a ser leal, valiente y caballero.
Para Alvarito, aquellos Sánchez de Mendoza, que él se los figuraba pálidos y con armaduras de acero, eran tan reales como si de veras existiesen. Muchas veces, mientras paseaba por las orillas del Adour, pedía consejo a los viejos manes de su familia.
Pero si Alvarito seguía teniendo respeto por los antepasados, comenzaba a sentir cierto desdén por su padre, que iba en aumento. No lo podía remediar. Le era imposible. Por más que intentaba convencerse de que los hijos tenían que respetar a sus padres, este respeto se le desvanecía a la carrera.
El que el hidalgo viviese tranquilamente del trabajo de sus hijos, sobre todo de Dolores, como si fuera de una renta, le empezaba a molestar. No le importaba, no le preocupaba al hidalgo que la muchacha, débil, como era, se pasara las horas trabajando, inclinada en el bastidor; no era capaz de ahorrarle un poco de trabajo; al revés, le daba prisa, le hacía consideraciones sobre la premura de la obra.
El buen hidalgo tenía como el negociado de las frases, cosa que ya a Alvarito le producía un comienzo de indignación.
El señor Sánchez de Mendoza, que iba notando que su hijo le miraba con un aire interrogador, como preguntándole: "¿Y usted qué hace?", inventaba toda clase de mentiras. De un día a otro iba a comenzar a trabajar. Ese tiempo vago de un día a otro no llegaba nunca.