Hacia final de 1838 la campaña de los antimarotistas de Bayona se agudizó. El señor Sánchez de Mendoza, como antimarotista perspicuo, adquirió alguna importancia. Se dijo, por entonces, que la mujer de don Carlos, la princesa de Beira, se había convencido ya de que Maroto era un revolucionario, vendido a los masones y a los enemigos del sacrosanto trono, y del no menos sacrosanto altar, y que había reñido con él. El padre Cirilo de la Alameda, a quien los liberales impíos llamaban el padre Ciruelo, se decidió también a declarar la guerra a Maroto.
Los carlistas, y entre ellos nuestro hidalgo, que veían la política de su partido como una cuestión de servidumbre para el Señor, creyeron que la ruptura con Maroto iba a influír mucho en la marcha de la guerra; pero no fué así. Todos los ultrarrealistas, los puros, como se llamaban ellos, hablaban cada día con más odio de Maroto y con más entusiasmo de Cabrera, que era el héroe, el paladín por excelencia.
Nuestro Sánchez de Mendoza ponía los ojos en blanco al hablar del caudillo de Tortosa.
Aquellas palabras sonoras el paladín, el trono, el altar, los puros, le llenaban la cabeza de viento.
A pesar de todo, los manejos de los apostólicos no progresaban. El capuchino Casares, enviado por el obispo de León con cartas, en las que se intentaba desacreditar a Maroto, Villarreal y los suyos, fué detenido por los mismos carlistas y metido en la cárcel. El padre Larraga y el general Uranga volvieron del extranjero sin un cuarto.
V
EL SECRETO DE SONIA VOLKONSKY
Las tertulias de madama Lissagaray siguieran animadas, aunque con algunas intermitencias. A mediados de otoño, el día de San Martín, hubo en su casa un baile de trajes. Casi todos los años por esta fecha solía celebrarse una gran reunión.
Las muchachas tenían muchas esperanzas en la fiesta. Morguy vendría vestida de pastorcita, a lo Watteau; Rosa, con un traje del Directorio, muy bonito; Manón decidió vestirse de húsar y ponerse bigotes postizos. Como tenía la seguridad de su belleza no le importaba afearse. Los días anteriores al baile, las amigas de casa de Rosa se pasaron el tiempo disfrazándose. A Manón le gustaba vestirse de chico y bailar con otras muchachas, haciendo de hombre.